Y las luces se apagaron

10 Feb

El último episodio de una serie casi siempre da para montar mil y una polémicas a su alrededor, más que nada porque es difícil que deje contento a todo el mundo. Mirad el final de Lost o el de The Sopranos, que aún siguen trayendo cola casi uno y cuatro años después. Sin embargo, estoy más que seguro de que Friday Night Lights va a ser la excepción a esa regla. No hay absolutamente nada que reprochar a su series finale, dicho de una manera simple y llana ha sido espectacularmente perfecto.

Lo primero de todo: ha sido un final feliz. Y menos mal, después de todo lo que hemos sufrido con estos personajes. Jason Katims ha sabido conseguir darles a todos una resolución que, sin parecer forzada, deja un gran sabor de boca al espectador.

Empecemos por el final. Miedo me dió cuando cortaron la jugada clave de los últimos segundos de la final en la que se dilucidaría si los Lions ganarían State. No podía ser de otra forma en esta serie, que ha visto cómo tantos partidos de los Lions y de los Panthers se ganaban en los compases finales con un pase milagroso. Aún así, me sorprendí a mi vismo pensando “¡Por favor, por favor!, ¡venga, Lions!”. No recuerdo ver otra serie en la que se me haya pasado una cosa así por la cabeza, y es que el nivel de implicación del espectador que consigue Friday Night Lights es impresionante. Ya no sólo por tener unas historias totalmente creíbles (vamos a olvidarnos de que existió la temporada 2, igual que nos olvidamos de que Twin Peaks no se acabó cuando supimos quién mató a Laura Palmer), si no cómo están dibujados e interpretados los personajes. Absolutamente todos los actores y actrices consiguen transmitir unos sentimientos y unas experiencias como no se consigue en cualquier otra serie. Por eso, cuando ocho meses después enfocaron a la mano de un Vince que ya era el QB de los Super-Panthers y vimos cómo había un anillo reluciente en su dedo, me fue inevitable esbozar una sonrisa. Por un lado por ellos, por Vince, Luke, Jess y compañía, pero por otro porque -menos mal- no estábamos ante otro Sopranazo.

Fue agradable tener un epílogo, algo que fuera más allá de la simple resolución de tramas y diera al espectador algo de lo que los estadounidenses llaman closure, ese momento de cierre y reconciliación con una situación difícil y/o estresante. Vale, es el final de una serie y no el fin del mundo, pero es una serie que lleva cinco años en antena y con la que es extremadamente fácil formar lazos emocionales, ella misma se presta a ello. Y poder echar un vistazo al futuro de los personajes, y ver a una Jess a la que parece que le va bien en Dallas, a un Luke yéndose al Ejército, a los Riggins construyendo la casa de Tim o, cómo no, a los Taylor felices y contentos en Philadelphia, ha sido un magnífico colofón final.

Ah, los Taylor. Vaya trabajo de Connie Briton y Kyle Chandler, no sé a que coño esperan para darles a estos dos todos los premios del mundo sólo por esa escena en el centro comercial. Fue agradable ver cómo la relación de Eric con su hija no sólo se basa en enseñar, sino también en aprender de ella. Si no fuera por la lección que les dió a Matt y Julie sobre el matrimonio, sobre la extrema importancia de escuchar a tu pareja y de llegar a compromisos, no hubiera caído en que estaba siendo demasiado egoísta y cabezón, y que esta vez era efectivamente el momento de Tami. Ella le hace ver la hipocresía de decirle eso a los niños sin cumplirlo él mismo en la puerta del restaurante, y él que no es tonto acaba tomando la decisión correcta en el momento correcto. Al fin y al cabo, con los Lions desmantelados y con Vince por fin enderezado ya no le quedaba mucho más en Dillon.

La boda de Julie y Sarracen es quizá un poco inesperada, vale, y estoy de acuerdo con Coach y Mrs. Coach en que es demasiado pronto, sobre todo después de todo lo que hizo ella para escaquearse de la universidad en lo que fue sin duda la peor trama de la temporada. Sin embargo, todos sabíamos desde el principio de la serie que iban a acabar juntos. Sólo quedaba por ver el grado de implicación de los dos en la relación, que al final fue la máxima posible. Si se piensa bien, realmente no deja de ser un poco el cliché del pringadete y la chica guapa, pero el menos superficial y mejor escrito del mundo. Desde los problemas que le causa a Matt ese sentimiento de abandono continuo o la relación del QB1 con Coach Taylor, tan llena de baches y tantas malas situaciones como buenas, hasta esa escapada que se pega el chaval a Chicago, todo han sido enormes momentos, enormes diálogos y enormes emociones.

Pero la familia Taylor no fue la única que tuvo grandes momentos en este finale. Los Riggins estuvieron muy a la par, y Tim el primero. A pesar de no haber terminado con Tyra, el final de esta pareja no podía haber sido mejor. Él sabe que ella tiene grandes planes para el futuro, y al igual que hizo con Lyla, no quiere retenerla. Por eso, a pesar de que reconocen que se tienen un gran cariño, deciden que simplemente, ahora no es el momento. Esto contrasta con la resolución de la relación entre Tim y Billy. A pesar de que el hermano mayor cumpliera esa promesa de enderezar su vida cuando 33 entró en la cárcel, el pequeño de los Riggins no fue capaz de ver en él ese verdadero acto de contrición y arrepentimiento que nosotros sí hemos visto a lo largo de la temporada. Y estaba claro que hasta que no consiguiera darse cuenta de ello no iba a haber un perdón real para su hermano. Esa escena en el terrenito de Tim, con los dos construyendo la casa y ese “Texas forever” nos muestra que ese momento finalmente había llegado. Por otro lado, la matriarca de los Riggins, Mindy, tiene que despedirse de una Becky, que por fin se reconcilia con Luke y además puede una vez más irse a vivir con su madre; y que aunque llame hermana a la mujer de Billy, ella siempre será su madre adoptiva.

Terminamos con Jess y Vince. Fue agradable ver cómo ella también tenía un anillo, aunque esté lejos de dónde lo ganó (y con todo el derecho del mundo a él, por cierto). Esa distancia pone en juego el futuro de la relación que al final sí consiguen solucionar, estando él en Dillon y ella en Dallas, pero al menos ambos acaban haciendo lo que más les gusta, el fútbol americano. El padre de Vince desaparece de la película, pero no antes sin poder ver a su hijo jugando el partido de su vida gracias a, cómo no, Coach Taylor.

Como veis, un final bastante completo y muy elaborado. Por supuesto, la última escena fue la que todos teníamos en mente, las luces del campo apagándose, justo después de que Coach Taylor enuncie por última vez su ya mítico “Clear eyes, full hearts…” y que nadie le responda, señalando que tiene un grupo nuevo de chavales a los que enseñarles lo que es la vida y ejercer una vez más ese influjo paternal que hemos visto a lo largo de estas cinco temporadas. Pero como yo no soy uno de esos chavales… Can’t lose!

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Una respuesta to “Y las luces se apagaron”

Trackbacks/Pingbacks

  1. The Chicago Gürtel « Diario de un seriéfilo - 11/02/2011

    […] salido de la academia de Jarek, pero es más problema mío que de Matt. Tengo demasiado fresco el final de Friday Night Lights como para ver a este tío en otro papel que no sea el de Luke […]

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